Una constructora inició la excavación para un edificio de 8 pisos en la ribera norte de Chiguayante. El suelo se veía firme en seco. Llovió tres días seguidos y el talud colapsó. El material arcilloso perdió toda cohesión. El problema no era la lluvia. Era la plasticidad del suelo fino que nadie había medido. En Chiguayante, con su clima mediterráneo de inviernos lluviosos y veranos secos, los suelos de origen fluvial del Biobío cambian drásticamente su comportamiento con el agua. Los Límites de Atterberg definen exactamente ese punto de quiebre. Cuantifican el contenido de humedad donde el suelo pasa de sólido a plástico y de plástico a líquido. Sin ese dato, cualquier diseño de fundación o estabilidad de talud es una apuesta. Complementamos este ensayo con el sondaje SPT cuando se requiere conocer la resistencia a la penetración en estratos más profundos.
La plasticidad de un suelo fino define su comportamiento ante el agua. En Chiguayante, donde el río Biobío marca la geología, medir los límites de Atterberg evita fallas por cambios de humedad estacionales.
