Hace un par de temporadas nos tocó evaluar un paño en los faldeos orientales de Chiguayante, justo donde empieza la transición entre el llano aluvial y la ladera del cerro Manquimávida. El mandante necesitaba saber a qué profundidad aparecía la roca sana para definir el tipo de cimentación de un edificio de 8 niveles, porque en tres sondajes previos los rechazos habían sido inconsistentes. Ahí desplegamos la tomografía sísmica de refracción/reflexión con tendido de 115 metros y geófonos cada 2.5 metros. El perfil de velocidades de onda P nos mostró con claridad un contacto a 14 metros en el extremo norte del terreno que se profundizaba hasta 27 metros hacia el sur, una geometría imposible de inferir solo con calicatas. En Chiguayante, donde la geología combina depósitos fluviales del Biobío con remanentes de roca granítica meteorizada del Batolito Costero, este método evita interpretaciones a ciegas. Lo combinamos con calicatas exploratorias cuando el terreno lo permite, para calibrar las velocidades sísmicas contra una observación directa del perfil de meteorización.
Un tendido sísmico bien ejecutado en Chiguayante revela contactos litológicos que ni diez sondajes aislados logran correlacionar con certeza.
